Bloody Mary

“Hay veces en las que es mejor no verse”. Era de noche, la cama fría parecía que la animaba a que se levantara y fuera de nuevo al espejo. Los pies fríos, las piernas desnudas, la cara congelada y gusanos en la tripa. Es mejor no verse y se quedó dormida.

Se levantó y había desaparecido. Un suspiro de dolor se apoderó de su cuerpo y cerró los ojos como si de un mal recuerdo se tratara. Abrió la nevera, un par de tomates y a la licuadora. Se asomó por la tapa hasta que alguna partícula roja le hubiera salpicado el cuerpo.

Esta noche no cuentes conmigo, Mariano. Cualquier cosa te llamo.

Mariano asintió y le mandó un beso al aire. Ni siquiera le había sorprendido que ella no pudiera mirarse aquella mañana. Zumo de limón. Rodajas. Ayunas. Vodka. Ya le quedaba poco.

En casa del tercero derecha anocheció antes. No había luna, tampoco sol, Katarina entró como todos los viernes y cerró la puerta para que no se escapara. Había que terminar con todo, pero esta noche no, ¿esta noche? Miró el reloj.

Encendió las velas de la cocina, cerró las cortinas y volvió a sacar la licuadora. Jugueteaba a encenderla y apagarla mientras miraba las aspas girar. Miraba las aspas girar. Miraba las aspas gir…

¿Katarina? ¿Por qué no me has cogido el teléfono? – Se escuchó a la puerta azotarse. Te llevo llamando un par de horas. ¿Sabes a quién me he encontrado? al tío Juan, estaba en Tabasco pero ya ha vuelto. Te manda un saludo. ¿Por qué no me contestaste? Anoche me acordé de ti, ¿Katarina?

Las aspas seguían girando, siguiendo su ciclo sin parar guiando sus ojos casi hipnotizados. El sonido le impedía escuchar el ruido de fondo y con las dos manos sujetaba su nuevo instrumento favorito. Poco a poco se atrevió. Fue acercándose más cada vez, lentamente, como quien tiene el cuerpo congelado y un morbo insaciable. Aspas, manos, gravedad, frío, temblores, soledad, vidrio, espejo, aspas, soledad, sangre.

¡Katarina!

Pero Katarina no estaba. El del tercero corrió al espejo, encendió la luz y ya no estaba.


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