Carolina

Me gusta pensar que de vez en cuando Carolina soy yo sólo que con otro nombre, otra cara, otro cuerpo, otros ojos y otras manos. ¿Los pies? tampoco. Quiero decir, que tampoco son los mismos. Carolina es ella y yo soy yo y a veces compartimos su pasado.

Me imagino a Carolina pesando aproximadamente 104,56kg. Sí, por ahí ha de andar. No la conozco, pero la he visto porque me han enseñado fotos. Carolina tiene pies de gente grande y vello en todo el cuerpo. A veces me llaman preguntando por ella y si tengo un buen día les digo la verdad, como aquella vez que llamaron del hospital “es el único contacto que tenemos, ¿no sabe dónde podemos localizarla?” me disculpé y colgaron. Nunca había sido el único contacto de alguien muriente en el hospital, hasta que fui Carolina. Otras veces miento y digo que soy ella “¿eres una mujer fuerte?” respondo que sí, asumiendo que se refieren al peso.

Carolina es una mujer fuerte, de Vitoria con un pasado juguetón, digamos, que es el pasado que llegó a mi vida. Carolina comparte conmigo su intimidad y creo que ella no lo sabe.

Tendrá unos 40 años y parece ser que trabaja intentando vender productos de belleza Avon a sus contactos de redes sociales. Cuenta con 78 contactos bloqueados en el teléfono y a veces uno se escapa y vuelve a llamar “¿Carolina?” disculpa, pero yo no soy Carolina y no sé dónde puedes encontrarla, no la conozco. Otras veces, la mayoría, mandan directamente La Foto.

La Foto no es más que una foto que Carolina mandaba a sus amigos supongo, cuando se sentía traviesa. Ellos, a su vez, mandaban otra foto y así sucesivamente hasta que accidentalmente llegué yo a esa cadena de amor para romperla. Al buscar al fantasma de Carolina, sus amigos, desesperados, preguntan por ella:

-Te he echado de menos. ¿Por qué no contestabas?

Si veo que tiene cara de buena gente le digo la verdad, otras veces, la mayoría, opto por seguir el juego: “perdona pero ahora mismo no caigo. ¿Nos conocemos? ¿Quién eres?”

-Eres Carolina, ¿no? Yo soy Jokin, de Vitoria.

-¿Cómo tienes este número?

-¿Eres una mujer fuerte?

E inteligente, pienso. ¿Te conozco?

-¿Eres fuerte y te costaba respirar?

-Puede ser.

Y ahí está una vez más: La Foto.

-Mándame ahora tú una.

No quiero.

-Mándame una como las de antes, anda.

No.

– ¿Quieres que te la mande yo? – acto seguido llega y por eso sé, que Carolina tiene vello en todo el cuerpo.

Y así sumamos 79 contactos bloqueados hipnotizados por las vergüenzas de Carolina, siempre buscando más.

No la conozco, pero me imagino a Carolina viviendo en un cuarto de una comunidad de mujeres víctimas de algo. Me la imagino sentada en la cama, con el catre y el colchón doblados por la mitad resistiendo el peso como pueden y chirriando de dolor con cada movimiento. Me la imagino ahí sentada mirando el móvil, pasando aburrida de una imagen a otra, de un vídeo a otro, de una conversación a otra. Me imagino a la soledad apiadándose de ella en esos momentos.

Nunca le he visto los ojos, pero me gustaría que fueran marrones. Julian Barnes dijo una vez que pobre de aquel escritor que se atreviera a poner color a los ojos de una mujer e incluía los ojos marrones en su escrito, como apasionados y profundos. Ojos que esconden un secreto y te hacen pensar que puedes adivinar los pensamientos con solo mirarlos. Me pregunto si los que la buscan con tanto esmero la encuentran. Si ella, Carolina, sabe que es buscada y deseada por tantos miembros, digamos, de su club de fans.

No sé si es coincidencia, pero siempre hay una Carolina memorable en la vida de casi todos y en muchas canciones. Mi Carolina no se puede ver ni tocar, llegó a mi vida por accidente y ella no sabe que existo.


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