Chantal abrió los ojos, perezosa, y miró el reloj de su mesilla de noche de madera de cerezo, la favorita de su madre “¡oh no! ¡Ya es tarde!” se pasó ambas manos por su rostro rosado, todavía hinchado, intentando que sus ojos se abrieran por completo y sacó el pie derecho de las sábanas al suelo, realizando lo mismo con su pie izquierdo (el que a ella le daba buena suerte) y se fue andando al cuarto de aseo. El suelo estaba frío, los efectos de la calefacción del día anterior habían desaparecido del ambiente y al ver el chaleco azul, su favorito, no dudó en ponérselo. Se miró al espejo, la misma expresión de siempre. Chantal soñaba con ser una chica guapa y atractiva, pero su reflejo le decía otra cosa. “Oh… algún día, quizás, Nick se fije en mi.” Era lo único que pedía.
Nick, en cambio, era el chico popular de la clase. Tenía muchos amigos y salía con Ángela, la líder de las chicas de la redacción estudiantil. Ángela era alta y rubia, con los labios grandes y rojos que invitaban a acercarse. Ángela y Chantal nunca habían sido amigas, podría decirse que para Ángela, Chantal era invisible y no conocía siquiera su nombre.
Chantal suspiró recordándolos a los dos, siempre de la mano. Y en sus sueños se imaginaba que era ella la que toaba la mano de Nick. “Los cuentos de princesas y de finales felices no existen.” Se puso sus vaqueros favoritos, una camisa blanca de suave terciopelo y su chaleco. Chantal estaba lista para empezar el día.
Bajaba las escaleras apresuradamente mientras a los lejos podía oler el delicioso y nutritivo desayuno que su madre llevaba horas preparando.
“Buenos días, cariño. ¿Cómo has dormido hoy? son las 7 de la mañana, ¡llegas tarde! te he preparado tu desayuno favorito. Hoy es un gran día”
El comedor era grande, con paredes de papel pintado rosa y un olor inconfundible: ¡su madre había hecho panqueques! La mesa estaba llena de platos con fruta, dulces, cereales, huevos revueltos y panecillos. En la jarra floreada favorita de su difunta abuela había café y en la jarra rosa té de hierbabuena.
-Oh… mamá ¡Has hecho panqueques! No tenías que haberte molestado… – dijo Chantal mientras llenaba su vaso de zumo de naranja recién exprimido. Además no tengo hambre, estoy muy nerviosa y me he levantado con náuseas, me voy a tomar el zumo solamente.”
-Cariño no te preocupes. Ralph seguro que se come las sobras.
Su madre era así, siempre atenta y lista para ayudarle a su adorada hija con los menesteres de la rutina y no podía más que sonreír al sentirse útil para ella. Era una madre ejemplar.
Chantal tomó el vaso de zumo recién exprimido y se lo bebió de un trago. Ralph, que la esperaba coleteando a un borde de la mesa de madera, también de cerezo, grande y ancha, se relamía por las palabras que acababa de escuchar.
-Gracias, mamá. Te debo una. ¡Oh! Me llevo un panecillo.
Tomó el panecillo del recipiente, lo envolvió en una servilleta y lo metió en su mochila. Se acomodó la falda que había elegido para la ocasión y salió corriendo al instituto.
Chantal era una chica muy tímida que ignoraba por completo su belleza. Nunca la había sentido y nunca había llamado la atención de nadie. Por lo menos que ella supiera. Se escondía constantemente bajo un manto de dureza del que nadie era capaz de sacarla. Nadie más que su mejor amiga Alice. La vida le había enseñado a no fiarse de nadie más que de Ralph, Alice y su madre.
Llegó a tiempo al autobús y se subió sin pensarlo.
Nick corría tras la pelota en el verde campo de fútbol. Era día de partido y el estadio estaba lleno. Chantal estaba ayudando en el puesto de bebida para los jugadores y llenaba los vasos de agua y de bebidas energéticas. No quería que Nick la viera y le esquivaba la mirada cuando pasaba corriendo por delante.
-Chantal, ¿puedes ir a la bodega por más vasos, por favor?
Antonio, el entrenador, se dio cuenta que no había suficiente bebida para los chicos.
Chantal le dio la espalda al estadio y se puso en camino a la bodega por más vasos. De repente se oyeron gritos en el estadio y al voltearse vio cómo la gente entraba en el campo para socorrer a un jugador herido.
-¡oh no!
Chantal había acudido al curso de primeros auxilios del instituto y sacó de su mochila rápidamente desinfectante, tiritas y olvidando los vasos fue corriendo a ayudar.
-¡Tengo alcohol, gasas y tiritas, apártense! – Chantal había olvidado por completo su timidez y decidida se acercó al bullicio.
Era Nick.
Sin pensarlo tomó su pierna, le quitó el calcetín y miró la herida
-No te preocupes, no parece grave. Chantal hablaba como si no reconociera a la persona que socorría, como si no soñara con él día tras día imaginándose todos los escenarios posibles a su lado. Su sentido de la responsabilidad la había invadido y no veía cómo ni a quién ayudaba.
-No te muevas, ya casi termino.
Nick la miraba embelesado. ¿Quién era ella? No la había visto nunca. Lo cual le pareció extraño porque una belleza así no era fácil de ignorar.
-¡Wow! ¿Cómo te llamas? Muchas gracias.
Chantal había terminado y recuperó de golpe todos sus sentidos. Lo miró a los ojos, perpleja, roja y sin poder articular palabra. Cogió sus cosas, apresurada y se fue corriendo huyendo de ahí sin contestarle a su pregunta.
Chantal llegó al baño, se metió a una cabina para recuperar la respiración y tranquilizarse, buscando un poco de soledad. Cuando estuvo más tranquila abrió su mochila para ordenar todas sus cosas de primeros auxilios y ahí es cuando lo vio. El calcetín de Nick…
Fin.