Cómo no poder

El día que desapareciste fue el día más trágico de mis años. Por lo menos sé que estás ahí, pensé. Ojalá no estuvieras. Oh-ja-lá no estuvieras. Yo no sabía que me estaba muriendo hasta ese día, tu
partida me revivió y me enseñó que es mejor luchador el que no puede que el que puede. Porque el que puede no tiene tanto mérito, porque el que puede tiene armas, porque el que puede no lo necesita. “El Ensayo del Perdedor”, pensé, o mejor aún: “El Desensayo del que Nunca Pudo”,
“Cómo No Poder for Dummies”, y morir así.

Cuánta tranquilidad en un solo pensamiento lleno de
ysis y situaciones en las que pudo pero no fue, en las que camarón que se duerme, en las que mejor pájaro en mano que un ciervo volando, ¿era así?

Pude hacerlo, pero no lo hice. Aquella otra vez también pude y tampoco lo hice. Me pregunto si morir en vida sea parte del ciclo terrestre. Como una especie de juego en el que ganan los que no
pueden, para vivir juntos como cucarachas en un mundo sucio. Un lugar en el que los elegidos de Mitlantecuhtli o Hades u Osiris o Plutón, fueran los encargados de las olimpiadas y nosotros, fieles
descendientes de Gregor Samsa, fuéramos lanzados a morir viviendo. Y morir así, viviendo.

Pero tú no eras uno de nosotros, porque lo que era para ti, estaba ocupado. Y como Frida Kahlo, te llamaste también Leonardo.
Me pregunto si habrá precipicios metafóricos más hondos que otros, que cuando piensas que llegaste en realidad te falta kilómetro y medio hacia abajo para cuando creas estar subiendo. Lo pienso y me da risa “¿ysi bajo ahora y me quito ya el pendiente?” Si bajo ahora y se muere mi perro, quizás no duela tanto.


Otras veces me pregunto qué estarías sintiendo tú. Creyéndote inmortal sin pensar en la carnicería que tenía preparada el destino. Quizás tuviste suerte porque con el destino no se juega. Quizás
tuviste suerte porque la carnicería era tu inevitable final. Quizás tuviste suerte.


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