Diario de una mosquita muerta

Cuando se despertó, supo que la había vuelto a liar. Eran las 09:02 y tenía que conectarse otra vez. Le dolía la tripa, la cabeza estaba nublada y la puerta de entrada se cerró. Ya sé lo que ha pasado, pensó, me volví a acostar tarde y por eso me siento así. Una forma demasiado poética para justificar sus actos. Me volví a acostar tarde, entonces por eso estoy cansada, ay, llego tarde porque ¿sabes qué? Me volví a acostar tarde. Oye una cosa, ayer me acosté tarde y por eso no estoy rindiendo bien. Sí esque ayer no veas, me acosté tardísimo y hoy voy como zombie. Sí, ¡buenísima! De hecho ayer me acosté tarde porque no podía parar de verla, por eso mis ojeras. Bla. Bla. Bla. Todos caen. A veces la vida te trata mejor si tienes cara de mosquita muerta. Ella lo tenía comprobado. Sabía perfectamente qué hacer, qué decir, cómo actuar, para no tener ningún tipo de consecuencias de sus actos con los demás. ¿Ella? No sería capaz! Pero si es un amor! ¿Qué tiene? Como veinte años, ¿no? Le queda toda la vida para aprender.

Mientras se preparaba el café, pensaba en la excusa que pondría esta vez. He pasado malísima noche. Pero no pasó. Al final, como siempre, había apechugado con sus actos, cualesquiera que hubieran sido, y puso buena cara. ¿Cómo estás hoy? Todo perfecto, gracias. Y siguió así con su día, como si nada hubiera pasado. Como si todo estuviera bien. Sin ojeras, sin dolor, sin ganas de vivir. Estaba acostumbrada. ¿Podía ser tan malo como aquella otra vez, en la que había recogido todos sus pedacitos sólo por quedar bien? Seguro que no. Estaba acostumbrada.

Y pasaba así los días, cada mañana difícil intentando encontrar una excusa para no aparecer, pero nunca era lo suficientemente buena. Se van a dar cuenta de que no soy perfecta. ¿Qué cara voy a poner entonces? ¿La mía? Pero si soy una mosquita muerta.

Por definición, una mosquita muerta, más allá de ser una mosca hembra que yace en el suelo sin vida, se usa coloquialmente para personas que, de ánimo o genio apagado, no pierden la ocasión de su propio provecho. Algo así como alguien que parece ser, pero no es. En alguna ocasión la habían definido así y ella, traviesa, lo había aceptado como propio. Conveniente. Salirse siempre con la suya aparentando todo lo demás que, en efecto, no era. ¿Sería cierto?

Una vez la pillaron, en pleno acto. Nunca olvidaría la cara de incredulidad y de decepción de todas las personas que la rodeaban en ese momento. ¿Ella? Pero ¿cómo es posible? A veces las cosas no son lo que parecen ser. A veces las cosas solo son, y hay que saber mirar. Pero ella no pudo soportarlo. Otra vez, cogió sus pedacitos, dio la cara y se fue. Decidida a nunca más dejarse encontrar, dejarse ver, descubrir. Una mosquita muerta debajo del buró que nunca se limpia. Que no se escapa, que huye de su propia naturaleza para encajar en lo que parece y se espera de ella, de alguien así, detrás de esa cara de ángel. Conveniente. Salirse siempre con la suya, sin dejarse ver. Vivir, comer, existir, sin libertad.


Leave a comment