-¿Entonces quieres que comience así?
No supe qué decirle, yo tampoco sabía cómo comenzar. Se me había ocurrido que ella podría decírmelo a mí. Y así, sin más, entramos en un baile del que ya no pude salir.
-¿Cómo era tu madre?
Comenzamos. Yo le dije no lo sé. Nunca lo supe. No sé si hubiera sido más adecuado preguntar que quién era ella y no cómo aunque es cierto que tampoco sabría decirlo a ciencia cierta. Mi madre era… ¿cómo decirlo? mujer. De muchos y de ninguno. Sí, creo que así. Mi madre era mujer de muchos y de ninguno en realidad. ¡Uf! Espera un momento… tantantan tantantan tantantan ¿escuchas ese platillo? – Hablaba mientras cerraba los ojos y levantaba la mano envuelta en un puño con el índice señalando al techo– ¡Qué maestro! – inclinaba la cabeza hacia abajo mientras sus sentidos se hundían en un éxtasis que le emanaba de la sonrisa. Volvió a mirarla.
-¿Qué platillo de fondo?
En la vida había aprendido que hay cosas que es mejor no contestar. Hay cosas que en realidad no son para compartir.
-Mi madre olía a jazmín, es lo único que recuerdo y corren rumores que mi padre era un proxeneta que dejaba a mi madre a merced de cualquiera que pagara. Se podría decir en un sentido completamente desfigurado de la palabra, que el olor a jazmín me metió a este mundillo. Pero en fin, tampoco es que me importe. Eso fue hace tiempo y la verdad que volvería a hacerlo. O bueno, dejaría que ellos volvieran a… ya sabes, tener un hijo. O sea, a mí. Que no me arrepiento, vamos. – Volvió a cerrar los ojos, levantó las cejas y la mano al compás. – Dios. Ahí está otra vez ese ritmo, han vuelto a hacerlo de nuevo… pam pam pampampam pampampam y el saxo… qué bien, qué bien. Perdona, ¿qué te estaba diciendo?
-No entiendo de qué saxo hablas. ¿Estás bien?